Y así, como si nada te vas.
Y no es que me duela tu partida,
ni mucho menos,
me duele que te lleves con vos
todos los rastros de mi inspiración.
martes 30 de junio de 2009
domingo 7 de junio de 2009
desorden
La cama desordenada, la habitación desordenada, la cabeza desordenada, el corazón desordenado. Te quedás ahí, en frente mío, sin moverte, sin hablarme, sin vestirte siquiera para irte cerrando de un portazo. De pie y sin ropas, te heriría profundamente, te clavaría una a una mis palabras en el pecho sin remordimiento alguno, destrozando tus recuerdos, tomando de vuelta mis refranes, mis películas, mis ídolos, mis defectos y mis discos. Devolviéndote una a una tus inútiles conversaciones que con lavandina lavo de mi mente, escupiendo las palabras que gasté en hablarte, despreciando el momento en que empecé a adorarte.
sábado 9 de mayo de 2009
.
El día está gris. Lo veo a través de la ventana mientras el sol, desteñido, intenta colarse por los pliegos de la cortina. También está frío a juzgar por las bufandas que veo en la gente. Voy contando, una a una las gotas que se pegan al vidrio y dejo la marca de mis dedos. Una a una hasta que se tornan incontables. Pienso, entonces, que es otro día ideal para perdernos en la ciudad. Día ideal para que estrenes tus botas de lluvia, caminar hasta el museo de arte contemporáneo para darnos cuenta de que está cerrado por refacciones, para sentarnos en las escaleras de la galería hasta que se nos congelen las manos sin que yo logre hacerte reír. Para fumar en el frío hasta que nos arda la garganta y yo sienta que mi voz se parece más a la de los hombres de las películas, hasta volvernos chiquititos en las calles, como si hubiese mucho que caminar. Hablaríamos de ciudades, de París, Francia y de Tokyo, Japón. De vos y tu impermeable que parece una bolsa de consorcio, de mi abrigo de segunda mano y de la gente que nos mira y se ríe. No entienden. Vos y yo tampoco entendemos mucho, si pasó ya un invierno y tres estaciones más hasta que nos volvimos a encontrar en el mismo café, en el lugar donde vemos las luces del centro que se van prendiendo de a poco mientras se hace de noche, de que tenés que volver porque se te hace tarde vaya uno a sabe para qué. Me hablarías, entonces, de tres bandas nuevas, de sonidos industriales, de acordes y cosas que yo no entiendo. Te hablaría, entonces, de dos películas que no viste, de seis lugares a los que no fuiste, de momentos en que te busqué y no viniste.
Veo el vidrio empañado, te llamo y no atendés. Veo el día, la gente, el agua que se acumula hasta besar el cordón de la vereda, las hojas que hacen malabares para no caerse de los árboles, el té que sigue humeando en la taza y el gato que ronronea en el sofá/cama. Tus botas sin estrenar, mi abrigo sin mojar.
Veo el vidrio empañado, te llamo y no atendés. Veo el día, la gente, el agua que se acumula hasta besar el cordón de la vereda, las hojas que hacen malabares para no caerse de los árboles, el té que sigue humeando en la taza y el gato que ronronea en el sofá/cama. Tus botas sin estrenar, mi abrigo sin mojar.
domingo 26 de abril de 2009
domingos de juventud peronista
Un llamado y bastaba para levantarse de la cama, ponerse los mismos jeans del día anterior, un sweater a rombos y empezar la rutina dominguera. Cigarrillos, té de manzana y arrastrar la resaca del día anterior sobre la manta verde del sillón. Pensaríamos en qué hacer, si salir a sacar fotos con rollos que jamás revelaríamos (pero no, ya es tarde y se está por esconder el sol), si ir al cine aunque ya hallamos visto la película de la semana y extenderíamos la discusión por minutos/horas, al ritmo de algún tema de una banda sesentosa o suspendidos en el acorde de un ukulele y un par de panderetas. Después hablaríamos de Cortázar o de Tarantino, de música post punk y remeras-de-marca, de actrices ya fallecidas y de la Factory, de músicos drogadictos, de musas poperas, de cámaras polaroids y de mujeres-con-frentes-amplias. Después nos saltearíamos un domingo, después un mes de ausencia. Cerraría el videoclub, se ensuciarían las baldozas de la plaza, las cuerdas de la guitarra. El silencio, la púa del Wynco, el adiós a los domingos de la juventud peronista.
lunes 13 de abril de 2009
El asfalto como testigo de nuestras caminatas nocturnas. ¿Para qué pretender que no nos buscamos entre las veredas de la ciudad?. Subirse a un colectivo, viajar cuarenta y cinco minutos sin rumbo, pasando de una canción a otra hasta escuchar la que habla del invierno, de la calle y de nosotros. Descender, prender un cigarrillo y caminar con los dedos congelándose en los guantes cortados. Una, dos, tres cuadras. Tu casa, tu vereda, tus cosas, tus pasos abrazando el suelo casi congelado, los días en que te acompañé. Todo. Nada al mismo tiempo. Cae la noche, ya no te busco y los dos sabemos que es mentira. Vuelvo caminando, falta mucho y te veo, abajo de un farol, pretendiendo que tampoco me estás buscando. Pasamos cerca, el uno del otro. Silencio, ya pasó mucho tiempo. ¿Deberíamos reprocharnos la ausencia? . Te reís y se te hunden los cachetes, te muestro mis dientes sonriendo de alegría y sabiendo que este encuentro casual de casualidad no tenía nada. Te acercás hacia mí y no tenés que subir demasiado la mirada. Me abrazo a tu sobretodo. "Ya habrá tiempo para que nos volvamos a desencontrar", pensamos.
lunes 9 de marzo de 2009
In(v/f)ierno
Me gusta pretender que estamos en invierno. Poner la cafetera y acurrucarme al lado tuyo a fumar lo que queda del último cigarrillo. No me importa que el canal de las noticias indique 36º a las tres de la tarde, para mí solo existen vos, el olor del café y el frío polar ártico que empaña los vidrios. Taparnos con el acolchado escocés aunque te quejes de que estoy pegajoso. ¿Ves? Es mejor así, en medio de este frío ficticio acariciarnos los pies por debajo de las sábanas, sentir las narices congeladas y besarte el cuello hasta que vuelva a la temperatura ambiente. Un invierno ficticio de 37 minutos en medio de una jungla de asfalto infiernizada por el sol, un invierno que es invierno cuando estoy con vos.
martes 24 de febrero de 2009
Parte 2
Hace horas que intento recordar si lo que quería decir lo había dicho yo o un amigo, algún tiempo atrás en nuestras conversaciones invernales café-y-cigarrillo de por medio en el sillón. Pero no, no recuerdo con certeza qué era lo que quería contar; lo único cierto es que tengo tendencia a apropiarme de comentarios y situaciones ajenas, incluso hasta el punto de autoconvencerme de que fui yo el protagonista de la historia en cuestión. No sé si será un defecto, una patología, un problema psiquiátrico o un don, pero rara vez puedo separar con certeza las cosas que vivo de las que imagino, así que no puedo asegurar que lo que digo que pasó, realmente pasó.
En fin, crucé el molinillo del subte línea D y me paré en el andén (supongo que también se le llama andén en el caso de los subtes), a escasos metros de ella. No podía quitarle los ojos de encima, pensaba que si hacía la suficiente fuerza con la mirada, lograría atraerla hacia mi cuerpo haciendo las veces de polo magnético, o que simplemente se daría vuelta, me sonreiría y volvería a mirar si se acercaba el subte. Pero, obviamente, nada de eso ocurrió. En los dos minutos previos al arribo del subte analicé cada porción de su cuerpo, desde su nuca al descubierto, bajando por el paño del sobretodo, llegando a unos jeans ajustados y terminando en unas zapatillas también embarradas por los maliciosos adoquines. -"Se largó de vuelta"- dijo una señora con un dorado tono de voz que hacía juego con sus zapatos, cartera, collar y pelo, mientras se sacudía el agua de aquella esponjosa estructura rubia que llevaba sobre su cabeza.
-"Al fin"- pensé cuando llegó el subte, y en seguida entendí que yo no esperaba el subte y que ni siquiera sabía a dónde me dirigía, de momento sólo importaba seguirla. Entré al vagón del subte calculando ingresar al mismo que ella, pero por distintas puertas, para no quedar como un acosador (que era en lo que me había convertido, prácticamente) y par que tuviésemos la oportunidad de cruzar miradas al encontrarnos. Pasó lo esperado: ella ingresó y permaneció de pie en la otra punta del vagón, lo que me hizo cruzarlo entre feroces miradas de pasajeros, para permanecer viéndola inmersa en su lectura, apoyada levemente contra una de las ventanas. Si Da Vinci viviese aún, estoy seguro que hubiese pintado aquel retrato de perfección, sin dudas. Cada parte encajaba exactamente con la otra, desde el barro de las zapatillas hasta la tapa del libro, sus enormes ojos marrones perdidos entre aquellas letras y el sobretodo rojo un poco desprendido mostrando una camisa a cuadros azules y blancos, similar a una que yo tengo. -"¡Hasta tenemos los mismos gustos!"- me dije intentando, una vez más, autoconvencerme de que ella era la indicada y que no dejarla ir era lo mejor que había hecho en mi vida. La gente seguía perdida en sus rutinarios viajes en subte, leyendo el diario ya desactualizado a las 7,45 de la tarde, enviando mensajes, escuchando música, etc. Nadie reperaba en ella y (gracias a Dios) tampoco en mi y mi mirada desorbitada.
Avanzaron las estaciones, no supe contar cuántas ni sabía con certeza qué recorrido estaba haciendo. Las puertas se abrieron bruscas con un sonoro "piiiiip" de alerta y vi entre la multitud moverse el abrigo rojo. Me faltaban piernas para correr hacia la puerta y aquella egoísta multitud humana no me dejaba avanzar. Finalmente lo logré y me encontraba caminando a unos escasos ocho pasos de ella. "Salida" indicaba un cartel verde que ella siguió y yo, por supuesto, también. Las escaleras estaban llenas de barro, clara señal de que la lluvia no había parado, y pude verla ajustándose el sobretodo mientras se disponía a abandonar aquel mundo subterráneo. Desde luego, yo hice lo mismo con el mío, aseguré mi bolso contra el cuerpo y la seguí.
En fin, crucé el molinillo del subte línea D y me paré en el andén (supongo que también se le llama andén en el caso de los subtes), a escasos metros de ella. No podía quitarle los ojos de encima, pensaba que si hacía la suficiente fuerza con la mirada, lograría atraerla hacia mi cuerpo haciendo las veces de polo magnético, o que simplemente se daría vuelta, me sonreiría y volvería a mirar si se acercaba el subte. Pero, obviamente, nada de eso ocurrió. En los dos minutos previos al arribo del subte analicé cada porción de su cuerpo, desde su nuca al descubierto, bajando por el paño del sobretodo, llegando a unos jeans ajustados y terminando en unas zapatillas también embarradas por los maliciosos adoquines. -"Se largó de vuelta"- dijo una señora con un dorado tono de voz que hacía juego con sus zapatos, cartera, collar y pelo, mientras se sacudía el agua de aquella esponjosa estructura rubia que llevaba sobre su cabeza.
-"Al fin"- pensé cuando llegó el subte, y en seguida entendí que yo no esperaba el subte y que ni siquiera sabía a dónde me dirigía, de momento sólo importaba seguirla. Entré al vagón del subte calculando ingresar al mismo que ella, pero por distintas puertas, para no quedar como un acosador (que era en lo que me había convertido, prácticamente) y par que tuviésemos la oportunidad de cruzar miradas al encontrarnos. Pasó lo esperado: ella ingresó y permaneció de pie en la otra punta del vagón, lo que me hizo cruzarlo entre feroces miradas de pasajeros, para permanecer viéndola inmersa en su lectura, apoyada levemente contra una de las ventanas. Si Da Vinci viviese aún, estoy seguro que hubiese pintado aquel retrato de perfección, sin dudas. Cada parte encajaba exactamente con la otra, desde el barro de las zapatillas hasta la tapa del libro, sus enormes ojos marrones perdidos entre aquellas letras y el sobretodo rojo un poco desprendido mostrando una camisa a cuadros azules y blancos, similar a una que yo tengo. -"¡Hasta tenemos los mismos gustos!"- me dije intentando, una vez más, autoconvencerme de que ella era la indicada y que no dejarla ir era lo mejor que había hecho en mi vida. La gente seguía perdida en sus rutinarios viajes en subte, leyendo el diario ya desactualizado a las 7,45 de la tarde, enviando mensajes, escuchando música, etc. Nadie reperaba en ella y (gracias a Dios) tampoco en mi y mi mirada desorbitada.
Avanzaron las estaciones, no supe contar cuántas ni sabía con certeza qué recorrido estaba haciendo. Las puertas se abrieron bruscas con un sonoro "piiiiip" de alerta y vi entre la multitud moverse el abrigo rojo. Me faltaban piernas para correr hacia la puerta y aquella egoísta multitud humana no me dejaba avanzar. Finalmente lo logré y me encontraba caminando a unos escasos ocho pasos de ella. "Salida" indicaba un cartel verde que ella siguió y yo, por supuesto, también. Las escaleras estaban llenas de barro, clara señal de que la lluvia no había parado, y pude verla ajustándose el sobretodo mientras se disponía a abandonar aquel mundo subterráneo. Desde luego, yo hice lo mismo con el mío, aseguré mi bolso contra el cuerpo y la seguí.
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